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By ("Me Mata")


2 de noviembre de 2008



Una semana después de haber aterrizado me marcho de Manhattan con un sentimiento agridulce. Cuando pienso en la carrera mi afán de superación no me permite tener la conciencia totalmente tranquila. Esta vez creo que podría haberlo hecho mucho mejor, pero sobre todo me duele no haber tenido las fuerzas necesarias en la segunda mitad del recorrido para disfrutar de lo mejor de esta carrera como a mi me hubiese gustado, su público.

Poco antes de salir de mi apartamento le mando el último mensaje a la base “Mala noche, nervios como nunca, n 1 h me recoge Cid y al ferry, parece k hará muy bueno xo frío. vamos!”. Dicho y hecho, puntualmente Cid me recoge a las 6:15 y a penas 10 minutos más tarde llegamos al Ferry de Staten Island. Los nervios desaparecen y ya sólo queda la ilusión por empezar la carrera.



Poco a poco un ejército de 40.000 locos se concentra a los pies del puente de Verrazano, más de tres kilómetros, ni un metro llano, que unen Staten Island con Brooklyn. Sopla mucho viento del norte.



A las 9:40, después de una larga espera empieza a sonar el himno de los Estados Unidos y poco después, casi sin darnos cuenta el pelotón inicia su marcha. Mientras esperaba dos cosas me llaman la atención, el intenso frío, pese a estar arropado por tanta gente y el idioma mayoritario en las primeras filas, el italiano. Nada más cruzar el arco de salida me asusto, me he quedado frío esperando y cada pisada me repercute por todo el cuerpo. Afortunadamente esto no es un 10.000 y los músculos de las piernas se me van desentumeciendo lentamente.



Corono el puente y al paso por la primera milla el crono marca 6:50, demasiado rápido para el perfil de la prueba. Si hubiese sido consciente de que era un ritmo de 4:14 el kilómetro hubiese levantado el pie, pero no resulta nada fácil convertir las marcas mentalmente, doy por bueno el tiempo y me dejo caer en el descenso de la siguiente milla. Es una milla de fuerte descenso y sin a penas esfuerzo la hago en menos de 6:00, es decir, muy por debajo de 3:50. Con la inercia intento buscar mi ritmo, pero me desoriento y me cebo. Intento buscar un grupo o unirme a algún corredor de los que voy atrapando, pero me da la impresión de que son muy lentos y no paro de adelantar a gente. Empiezo a ser consciente de que estoy cavando mi propia tumba, pero los de detrás están muy lejos y por delante van todos enfilados. Un viento helador sopla de cara con rabia incontrolada.

Desde que se sale del puente de Verrazano la carrera se llena de público, mayoritariamente hispanos y negros que no paran de animar a los atletas. A uno se le va la mirada de la carrera para intentar captar todos los detalles del entorno. Grupos tocando, gente cantando, mendigos que han soltado su carrito para aplaudirte, niños que corren unos metros a tu lado, balcones engalanados repletos de gente... todo un espectáculo. Disfruto poco de la carrera y mucho del espectáculo hasta llegar al kilómetro 12. He estado corriendo en línea recta durante mucho tiempo, prácticamente en solitario, con viento en contra, con un suelo muy irregular y mirando con envidia a los pelotones que marchan en paralelo por el otro lado de la mediana.

Poco después de juntarnos con las otras salidas alcanzo al primer minusválido, nunca lo olvidaré. Acompañado por su guía, el muchacho, sin apenas masa muscular, se impulsaba de espaldas para salvar un pequeño repecho del recorrido. Impresionante. Ese muchacho estaba en el kilómetro 12 y había salido 2 horas antes que nosotros.

En el kilómetro 13 de nuevo emociones fuertes. Me encuentro con una subida un poco más complicada y noto que me falla la tripa. De momento tengo fuerzas, pero mi carrera tiene que ser totalmente austera desde ese momento, ni un esfuerzo de más, ni un pique, ni un guiño al público, tengo que concentrarme exclusivamente en mi rendimiento y en la carrera. Como me dijo un asturiano antes de salir, hay que pasar por el Bronx y ser consciente de que estás ahí. Mientras pienso todo esto una banda de más de 50 chavales toca la música de Rocky desde la acera derecha. Cosas así te ponen los pelos de punta.



Estoy realmente orgulloso de la carrera que hice a partir de este momento. Me olvido del error que he cometido en los kilómetros iniciales y me dispongo a afrontar los casi 30 kilómetro que me faltan con el depósito medio vacío. Entonces me olvido del crono y corro por sensaciones. No vuelvo a mirar el crono hasta el paso por la media, casi 1:21, un rítmo con el que debería haberme sentido mucho más cómodo.



Pasado Brooklyn la carrera se adentra en el barrio de Queens, con todos sus contrastes, el barrio judío, polígonos semi-abandonados, irlandeses tocando el acordeón...

A Manhattan se llega atravesando el puente de Queensboro, más o menos kilómetro 25 de carrera. Es un puente duro de atravesar porque tiene mucha pendiente y vas por un semi-túnel. Me ayuda a pasarlo un español que se acerca a mi por la espalda y me da ánimos, educadamente le digo que voy tocado y que no le puedo dar conversación. Se va alejando de mi lentamente, a medida que coronamos el puente, ese puente frío, silencioso y angosto. De pronto, muy poco a poco se empieza a escuchar algo, la gente de mi alrededor acelera el rítmo de manera descontrolada, la pendiente empieza a hacerse favorable y vislumbramos el final de puente. Este es el momento más grande que puede vivir cualquier atleta popular.

Tras el desierto del puente de Queensboro, millones de personas reciben en una curva de ensueño a todos los corredores que con cuentagotas van llegando a la Gran Manzana. Es una curva de izquierda en bajada donde la ciudad ruge empujando a los atletas. Campanas, banderas y trompetas saludan el paso de los corredores que al terminar se encuentran con una larga recta. Es la entrada a 1st Avenue, donde todavía más gente se agolpa para animar a los suyos. Cid todavía se emociona cuando recuerda su paso junto a una bandera de española de más de 15 metros situada justo al final de la curva.



Casi un kilómetro después de la curva mágica estaba mi primer grupo de apoyo, Álex, Esther, Sara, Miguel y por supuesto Clara agitaban sus banderas a mi paso por la 68th. Marcos, Arantza y Patricia esperaban un poco más arriba, casi a la altura de la 80th, ya con algo menos de público y poco antes del avituallamiento de Powergel. Mi agradecimiento a todos ellos, recibir ánimos de los tuyos en esos momentos es lo que más te puede estimular.



A pesar del ambiente la 1st Avenue se puede hacer un poco larga, es un constante sube-baja. Se me hizo sin embargo llevadero por el público, por los ánimos de los nuestros y por los metros que compartí con Depa, un colaborador de Runners que al ver mi bandera se acercó por detrás para darme ánimos y recuerdos para mi amigo Marcial. El mundo es muy pequeño incluso en NY. Antes de girar en sentido contrario, la carrera se adentra en el Bronx y Harlem. Es la parte más desierta, pero estar ahí solo bien merece el esfuerzo de seguir corriendo.



En Harlem la carrera enfila dirección sur, es prácticamente el kilómetro 35 y en el horizonte aparece majestuoso el Empire State. Es toda una referencia en el horizonte para el corredor. A medida que la carrera se adentra de nuevo en Manhattan vuelve el público, un público totalmente entregado con el último esfuerzo de los corredores.



Cuando la carrera busca Central Park, a partir de la famosa milla 23, el perfil se vuelve agresivamente en contra del corredor. Por suerte yo ya tenía claro que no iba a sobreesforzarme para arañar tiempo al crono. Además, 3,2 millas es prácticamente una vuelta al pinar y descontar metros mentalmente en nuestro pinar lo tengo dominado. La gente a mi alrededor empezaba a caminar en las subidas y correr en el llano.

Afortunadamente yo pude completar mi segunda maratón sin tener que caminar, un objetivo personal mucho más importante que el crono final. Al final de la subida de la milla 23 me esperaban de nuevo los nuestros, Marcos, Arancha y Patricia, de nuevo subidón para afrontar la parte más pestosa de Central Park. Cuando se termina lo más duro comienza una zona de falsos llanos dentro del parque. Personalmente se me hizo un poco monótono porque no veía llegar la marca de los dos últimos kilómetros, milla 25.





Por fin llega la milla 25 y se sale del parque antes de entrar por última vez para llegar a meta. Justo antes de la llegada esperaba mi tropa con la enseña maratoniana del Run2Chema. No sólo yo levitaba con la bandera, todos los españoles del trazado se entregaban a su paso. Un honor haber cruzado la línea de meta de Central Park con la bandera del equipo. Siento muchísimo no habérsela podido entregar a Cid.



Después de la llegada fotito para el recuerdo, medalla de finisher al cuello y paseo de 20 minutos para llegar al ropero. Al final del trayecto una gran alegría, Patricia me esperaba para decirme que Cid había terminado en 3:09, un tiempo que bien vale menos de tres horas en una prueba más llana. ¿Probamos en Berlín 2009?



Nota: AQUI NOS HA PREPARADO NUESTRO GRAN "ME MATA" UN SUPER MANUAL" para los que queramos ir a correr esta Maratón otro año... Un detallazo que será de agradecer SIN DUDA !!! Gracias FIGURA !!!

DESCARGAR EL MANUAL

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